El ascenso de los caídos

 Por un instante, mi mirada se desvió hacia el azul del firmamento que colmaba el cielo de verano. Recordé toda mi infancia. Perdí de vista el largo martillo de guerra que pendía, amenazante, sobre mi vida. No pude ignorar que todo a nuestro alrededor seguía como si nada. Las nubes flotaban con un solemne pesar, empujadas por el viento del este. Aquella bestia, agotada, se detuvo. Parecía notar que mi atención se había desviado. No se volteó hacia arriba, pero pude darme cuenta de que sus ojos buscaron el cielo a través de los míos.

Mi voluntad se tensaba contra la inminencia de la muerte. Cada músculo de mi cuerpo sigue impávido por debajo de la armadura, por detrás del escudo; revestidos por el mineral templado en los fuegos de mis antepasados. El abuelo de mi padre había luchado hasta el hartazgo con los predecesores de esta bestia incansable e infernal -aún mantenía su martillo apuntando a mi cabeza-.

A lo largo de toda mi vida me han preparado para este preciso momento. Cabalmente, todo adquirió significado en este imperioso momento. Mientras tanto, los gruesos brazos del enemigo seguían sostenidos en lo alto. Su colosal sombra sobre mí hace recorrer un escalofrío electrizante por todo mi cuerpo. Me entrenaron para ignorar el terror que ahora fluye por mis venas.

La derrota es inminente. Varios pensamientos se me cruzan a medida que pasan los segundos. Es un letargo difícil de soportar. A pesar de ello, aún sostengo mi espada preparada para dar una estocada. Una suave brisa acaricia mi rostro. Son mis antepasados. Sé que están allí, esperándome en el ascenso de los caídos. No tengo nada de que avergonzarme. Les sonrío con mi alma.

Maestro, si tan sólo pudiera verte una vez más te diría amado padre, recibidme de brazos abiertos, pues hoy mato a morir por mi patria.

Clavé mi mirada en los ojos del enemigo, y de los míos brotó el infierno desesperado de mi destino. Puedo notar como su cara verde se transforma, pávida, caída en sorpresa y en confusión. Retrocede para tomar impulso decido a matarme; dejando al descubierto parte de sus costillas. Mi espada besa su oscura carne y la penetra inútilmente.

Aprovecho el leve instante de su dolor para incorporarme. Me libero del yelmo y del escudo. Ya no tengo nada que perder. Me entrego, sin reservas, a la voluntad de los dioses. Trago saliva y dejo escapar un último suspiro. Este es mi aliento final, en el crepúsculo de la última era del hombre. Demasiado larga fue. Demasiado larga, maldita… y ciega ante su final.

Me precipito hacia él.