Lo que nunca se enfría


Probó el café y el calor le sacudió la boca. Ese ardor inesperado le devolvió, sin remedio, la certeza de por qué seguía allí. No entendía por qué lo miraba así, con una quietud expectante, como si aguardara una señal, un gesto, algo que aún no terminaba de revelarse. Desde la primera vez que la vio, lo invadieron extrañas reminiscencias, como si cada palabra ya hubiera sido pronunciada antes, en otra vida, bajo otros términos.

—¿Sabes qué es lo curioso de este lugar? —dijo ella haciéndose un guiño con sus labios.

Él negó con la cabeza.

—Que aquí siempre pasa algo justo antes de que la gente desaparezca.

Era un comentario extraño. Pero él no le dio demasiada importancia. Tan solo quería seguir entibiando su café, removiéndolo con delicadeza.  

Cuando ella se levantó, llevó su libro a su bolso. Por un instante, mantuvo su mano dentro, como si aquello entre sus manos le revelara un pensamiento que no podía ignorar.

—Nos vemos pronto —comentó—, aunque en sus ojos se leía un adiós.

Las volutas de vapor se disipaban frente a sus ojos vidriosos, que parecían aferrarse a la estela de misterio que ella dejó al despedirse. Un silencio ensordecedor lo atrapó, como si su ausencia resonara en cada rincón de la sala. No entendió su prisa. No supo descifrar la inquietud en sus ojos. El café seguía intacto, como si el tiempo se negara a tocarlo. Algo no encajaba. Un escalofrío profundo le recorrió la espalda.

—Después de todo, hay quienes pertenecen a un instante eterno en el firmamento de alguien más— se dijo, aferrándose a la idea.

Miró su taza humeante, y por un instante, la imagen le recordó una pintura que había visto hacía años—un hombre inclinado, con la cabeza entre las manos, atrapado en el peso de una verdad inalterable. Juraba no recordar si alguna vez se propuso olvidarla en todos estos años. Pero, como la sombra bajo un árbol, su partida refrescó su memoria.